Maio de 68 por Tomás Ibañez

Buenas tardes,

10, 20, 30, 40, 50 años se ha dado tantas vueltas a los hechos de Mayo que hoy resultaría difícil hablar de algo que no sepamos ya, así que lo que os propongo es que intentemos reencontrar, si no todo, eso sería imposible, por lo menos un poco de lo que fue y de lo que sigue siendo Mayo del 68.

No estoy seguro de que se trate de nostalgia, aunque quizás pueda serlo, pero lo cierto es que la evocación de Mayo del 68 me traslada inevitablemente, a mis propias vivencias, y si me resisto a hablar de ese acontecimiento desde cualquier otro lugar que no sea el de la pasión es, sencillamente, porque Mayo fue algo así como un torrente.

Un torrente emocional, afectivo, político, que nos arrastró con una fuerza increíble. Y que consiguió transformar en muy poco tiempo, y a veces para siempre, los deseos, sí, hasta los deseos, las formas de ser y las formas de pensar de muchísimas personas.

Eso fue lo que le ocurrió, por ejemplo, a la entrañable Emma Cohen quien, a sus 20 años, estando de paso por Paris, se sumergió apasionadamente en ese torrente, y afirmó, tiempo más tarde, que para ella: “Mayo nunca concluyó del todo”… y debo admitir que para mi tampoco lo ha hecho.

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Miguel Serras Pereira, Mário Rui Pinto e Tomás Ibañez (na sessão evocativa do cinquentenário do Maio 68 no Museu do Aljube, 19-5-2018)

Miguel Serras Pereira, Mário Rui Pinto e Tomás Ibañez (na sessão evocativa do cinquentenário do Maio 68 no Museu do Aljube, 19-5-2018)Aunque se contaron por miles las personas que resultaron heridas, y algunas lo fueron de gravedad, la suerte quiso que los muertos fuesen muy pocos. Sin embargo, cuando aquella efervescencia disminuyó, cuando se fue apagando, fueron bastantes más quienes no soportaron tener que renunciar a las promesas de Mayo, y regresar a “la normalidad”. Así que dejaron que se les escapase la vida, cada cual a su manera, en los meses, o en los años inmediatamente posteriores.

Al decir esto no pretendo dramatizar, pero creo que ese hecho nos permite intuir cuál fue la pasión que encendió Mayo del 68, cuál fue la intensidad de las vivencias que suscitó, y la potencia de los sueños que logró despertar.

Mayo fue, ciertamente, un fenómeno, complejo, heterogéneo, múltiple,… Múltiple porque anidan varios Mayos en cada uno de sus momentos, y también Múltiple porque afloran diferentes Mayos a lo largo de su desarrollo. Sin embargo, desde esa clara multiplicidad resulta que ese acontecimiento también reviste una innegable singularidad, es único, y es de esa singularidad de la que quisiera hablar aquí.

En realidad, esa singularidad ya empezaba a manifestarse, a expresarse en lo que fue su acontecimiento inaugural, es decir, el inicio de Mayo del 68. Un inicio que podemos situar en el viernes 3 de mayo cuando el conflicto que se movía hasta entonces entre las paredes de las universidades salta fuera del recinto universitario y se expande por las calles de París.

Ese día los dirigentes y los principales militantes estudiantiles, tanto de Paris como de Nanterre, estaban confinados en el patio de la Sorbona,  estaban cercados por un impresionante dispositivo policial que los iba introduciendo uno a uno en sus lecheras camino de las comisarías.

Pues bien, aunque pueda parecer paradójico ese masivo “secuestro” contribuyó, ayudó a que la revuelta pudiese explotar con tantísima fuerza en las calles del Barrio Latino.

En efecto, cuando empezamos a pelear contra la policía, los escasos militantes que no habían sido apresados intentaban apaciguar la situación, y frenar a la gente, nos reprochaban con bastante vehemencia la tremenda irresponsabilidad de que estuviéramos provocando a la policía. Nos gritaban:“Pas de provocations, camarades!”. Pero, por suerte, eran  demasiado pocos, eran insuficientes para contener a quienes estaban reaccionando desde su propia sensibilidad, sin consignas, ni directrices, ni liderazgos.

Y ocurrió…pues lo que tenía que ocurrir, ocurrió que sin proponérselo la gente la armó,… la lió…, y desencadenó espontáneamente lo que a lo largo de Mayo se iba a convertir en un autentico terremoto.

En efecto, ante la violencia de unos enfrentamientos que se saldaron en pocas horas con decenas y decenas de heridos, y con unas 600 personas identificadas por la policía, la Sorbona fue clausurada ese mismo Viernes 3 de mayo al atardecer. Eso trajo con sigo la inmediata convocatoria de una huelga general de universidades lanzada por los sindicatos de estudiantes y de profesores. Se encendía así la mecha de lo que iba a ser una prolongada lucha.

Ahora bien, cuando estábamos combatiendo contra la policía, el grito de “liberad nuestros compañeros” era más un grito de guerra que una petición. Actuábamos contra los furgones policiales para intentar liberarlos, no montábamos un desfile para pedir su liberación. Esa solidaridad activa, inmediata, ya empezaba a incorporar en la identidad de Mayo, desde su inicio, la acción directa, sin mediaciones, y la auto organización, sin directrices venidas desde arriba o desde donde fuese.

Así fue como se inició Mayo del 68, así fue como empezó, y se propagó rápidamente por toda Francia, sumiendo el país en un magnifico, en un esplendoroso periodo de multitudinarias manifestaciones, de ocupaciones de universidades y de fábricas, y de duros enfrentamientos con la policía. Incluyendo, además, algunos momentos y episodios épicos, como la famosa noche de las barricadas donde ardió, literalmente, el Barrio Latino, y donde París pudo contemplar, al amanecer, el dantesco escenario de una lucha encarnizada que había durado toda la noche.

Es bien cierto que en los años sesenta, Mayo no fue un hecho aislado. Se insertó en el contexto de una multitud de focos de agitación, entre los cuales destacaban, en primerísimo plano, las movilizaciones contra la guerra del Vietnam. Unas movilizaciones que dieron lugar a violentos enfrentamientos en múltiples ciudades del mundo, desde Berlín, a Londres, a Roma, a Tokio o a Paris, por citar tan solo unas pocas.

Al mismo tiempo, simultáneamente, se desarrollaban en Francia unas luchas obreras marcadas por una sorprendente radicalidad, por una radicalidad inusitada. Por ejemplo, en febrero y marzo del 67 una huelga de cinco semanas de duración paralizó una de las más importantes fabrica textil de Francia, que fue ocupada por los trabajadores, dando lugar a duros enfrentamientos. Y lo mismo ocurrió en enero del 68, y ya nos estamos acercando a mayo, cuando, en el marco de otra larga huelga, ella también  con ocupación, cientos y cientos de trabajadores invadieron la ciudad de Caen, y desafiaron a la policía hasta altísimas horas de la noche con numerosos heridos.

Es obvio que en 1968 el mundo estaba sacudido por una impresionante serie de revueltas, ahora bien, sería un gravísimo error equiparar Mayo con cualquiera de ellas. Nada de lo ocurrido en Berlín, en Roma, en Berkeley, en Londres, en México, o en las fabricas francesas, culminó en algo parecido a aquel acontecimiento.

La potente deflagración que representó Mayo superó de muy lejos, superó con mucho, el eco de cualquier otro evento de esos años, y, sobre todo,… sobre todo, esto es importante, ese evento revistió una singularidad irreductible, rompiendo esquemas, abriendo nuevos caminos y anunciando un cambio de paradigma.

Lo cierto es que nada dejaba presagiar que el conflicto inicial se pudiera propagar con tanta rapidez en el tejido social, abrasando todo un país y paralizándolo por completo durante largas semanas.

Sin duda, Mayo fue un acontecimiento absolutamente inesperado, totalmente imprevisible, que no se podía intuir, ni a partir de la situación entonces existente, ni de lo que antes había acontecido. A toro pasado se pueden hacer mil interpretaciones sobre las causas del estallido de Mayo, y sentenciar, por ejemplo, con total tranquilidad que era una revuelta claramente anunciada. Pero, claro, no hay nada más fácil que predecir lo que ya ha ocurrido. Como dijo alguien, la predicción es un arte difícil ¡sobre todo cuando concierne el futuro!

Sin embargo, la verdad es que en aquel momento, Mayo no solo causó una enorme, una colosal estupefacción en el mundo entero, sino que dejó atónitos a sus propios protagonistas que se sorprendían cada día de lo que había acontecido durante ese día, y que se preguntaban, nos preguntábamos, con verdadera ilusión, que más podía pasar al día siguiente, en un combate del que no se sabía cual iba a ser su rumbo en las próximas horas, y que parecía no querer detenerse nunca, como lo proclamaba aquel eslogan que gritábamos en todas nuestras manifestaciones:“Ce n’est qu’un début, continuons le combat”, es tan solo un inicio, el continuemos el combate. y esa imposibilidad de parar, esa imposibilidad de detenernos nos hacía soñar con que todo, todo era posible.

Ahora bien, aunque Mayo se inició en las universidades fueron las ocupaciones de fabricas y la huelga general las que le dieron continuidad  y espesor después de una primera semana de violentos enfrentamientos cotidianos. Una semana que culminó, precisamente, con aquella fantástica, increíble noche de las barricadas donde no menos de cincuenta barricadas… lo digo bien, 50 barricadas… surgieron, florecieron, eso sí, de forma totalmente desordenada, totalmente caótica, en el Barrio Latino.

En el patio de la Sorbona, reabierta e inmediatamente ocupada gracias a la presión de esas barricadas, aun resuena en mis oídos el inmenso clamor, el  enorme estruendo, con el que acogimos el 14 de mayo el anuncio de que la fabrica “Sud Aviation”, cerca de la ciudad de Nantes, acababa de ser ocupada,… ocupada y su director secuestrado.

Ese impresionante clamor albergaba la esperanza de que era el movimiento obrero el que iba a retomar la antorcha del estallido inicial del 3 de mayo, pese a los denodados esfuerzos de las centrales sindicales y del poderoso Partido Comunista para levantar un muro infranqueable entre los estudiantes y los trabajadores. Y, en efecto, la huelga se propagó como un reguero de pólvora. En torno al 20 de mayo se contabilizaban cerca de diez millones de huelguistas, diez millones,… y eso se dice muy pronto, y se contaban por decenas las fabricas ocupadas de manera indefinida.

Fueron esas ocupaciones, y esos millones de trabajadores en huelga, lo que potenció la resonancia que tiene Mayo en la historia contemporánea, evitando que se quedase en una violenta, pero intrascendente, revuelta estudiantil, o en un brillante ejercicio subversivo, poético/político, al estilo situacionista.

Sin embargo, también hay que decir, y esto es muy importante, que no fue, en absoluto, esa potente movilización obrera la que le dio a Mayo sus señas de identidad.

Como bien sabemos, no era una reivindicación laboral la que movía la revuelta del 68. Se trataba de un autentico estallido social que cuestionaba el todo de la situación y sus reglas del juego. De hecho, era una sublevación contra el sistema social instituido y contra el tipo de vida que este ofrecía. Lo que cuestionaba Mayo era directamente el tipo de vida, gris y vacío, que la gente estaba condenada a vivir. Una vida que no era vida sino mortífera rutina. No en vano uno de los eslogan más populares de aquel momento era “Metro, boulot, dodo” (metro, curro, lecho).

Lo que palpitaba en las energías dinamizadoras de Mayo era fundamentalmente una sed de libertad en todos los planos, una enorme sed de libertad. Y en lo que tuvo de más propio, de más singular, Mayo emergió como una revuelta radical contra la autoridad. Tanto la que se manifestaba en las aulas de las universidades y de los institutos, como la que imperaba en los talleres, en las fábricas, en los despachos, o en el seno de las familias, y saturaba toda la vida cotidiana.

Bajo el famoso lema de “Prohibido prohibir” Mayo fue en definitiva un fabuloso estallido anti-autoritario, que cuestionaba el principio de jerarquía en las instituciones, en la vida cotidiana, y en los propios movimientos contestatarios. Se trataba de una reivindicación de la desobediencia y de una exhortación a practicarla, desafiando mediante la provocación, a todos los representantes y a todos los símbolos de la autoridad. Y es en ese sentido que Mayo fue, y aquí radica su singularidad, un fenómeno genuinamente libertario, aunque no se reclamase, ni mucho menos, del anarquismo.

Para acotar, para captar esa singularidad conviene recordar que en los años sesenta el anarquismo estaba prácticamente desaparecido de la faz de la tierra, y que mencionar la palabra anarquía en un sentido que no fuese el de caos, el de desorden, resultaba tan anacrónico como exótico. Lo cierto es que si exceptuamos el nutrido exilio libertario español, en 1968 habían muy pocos anarquistas en Francia, poquísimos, por ejemplo, tan solo algunas decenas en Paris, y está claro por lo tanto que Mayo no tuvo el anarquismo como fuente de inspiración, ni tampoco fue protagonizado por la escasa militancia anarquista, y sin embargo

… Pues, sin embargo, eso no impidió que Mayo fuese una autentica explosión libertaria. Una explosión libertaria que volvió a hacer aflorar el anarquismo provocando una onda expansiva en el plano internacional,  e inyectándole además elementos de renovación.

Y eso ya nos indica que no somos necesariamente los y las anarquistas quienes imprimimos tonalidades libertarias a los movimientos sociales, sino que, a veces, son las propias dinámicas de las luchas las que crean practicas libertarias, y las que construyen sensibilidades anarquistas, como lo hemos podido comprobar durante estas últimas décadas, aquí y en diversos países.

Mayo fue una lucha, por momentos violenta, áspera, tensa, extenuante, exigente, y llena de sin sabores como lo son todas las luchas. Pero, también fue una gran fiesta revolucionaria que proporcionaba placer y un enorme sentimiento de felicidad. No se posponía al final de la lucha el momento de saborear sus eventuales resultados, sino que las recompensas brotaban desde el seno de la propia acción, formaban parte de lo que esta nos brindaba diariamente.

De esa forma, Mayo nos mostraba que son los resultados concretos y palpables, los que son capaces de motivar a la gente y de incitarle a ir más lejos. Pero también nos indicaba que para que eso suceda la gente necesita, imperativamente, sentirse protagonista, decidir por ella misma, y es entonces cuando su grado de implicación y de entrega puede dispararse hasta el infinito.

Es por eso, por ese protagonismo de la gente de a pie, desde la base, de forma autónoma, que los “Comités de Acción”, aunque no tienen el glamour mediático de las barricadas, de los coches en llamas, y de los famosos adoquines, son la autentica figura emblemática de Mayo del 68. Junto con la rotación sistemática de los cargos y con la asamblea abierta como única instancia legitima para la toma de decisión, son esos “Comités de Acción” los que mejor simbolizan aquel acontecimiento.

En efecto, a partir del 4 de mayo, día siguiente al estallido inicial, esos comités fueron proliferando en los barrios, en los institutos, en las universidades, en los gremios profesionales, y en las empresas, sin que ninguna autoridad los tutelase. En su seno se desplegaba una intensa creatividad subversiva impulsada por innumerables activistas que en la mayoría de los casos carecían de cualquier experiencia política anterior.

Por otra parte, Mayo puso el acento sobre el hecho de que, como el anarquismo no se había cansado de repetirlo, pero predicando en el desierto, la dominación no se ciñe al ámbito de las relaciones de producción, sino que se ejerce en una multiplicidad de planos, y que las resistencias deben manifestarse en todos y cada uno de esos planos, como así se fue generalizando en los años posteriores, dando impulso a las luchas feministas, antisexistas, ecologistas y otras.

Cuando el horizonte de la política antagonista se ensancha  de  esa forma hasta abarcar todos los ámbitos donde se ejerce la dominación, son, entonces, todos los aspectos de la vida cotidiana los que entran a formar parte de su campo de intervención. Y lo que queda configurado de esa manera es una nueva relación entre la vida y la política, que dejan de ocupar espacios separados.

Por fin, otra de las enseñanzas de Mayo fue que las energías sociales necesarias para que se constituyan potentes movimientos populares surgen desde dentro de la creación de determinadas situaciones conflictivas, no les preexisten necesariamente. Se forman en el propio desarrollo de esas situaciones, retro-alimentándose, perdiendo fuerza por momentos y, volviendo a crecer de repente, como ocurre con las tormentas. Se trata, por lo tanto, de unas energías que pueden formarse en cualquier momento aunque en el instante anterior no existan en ninguna parte.

Se ha hablado mucho, muchísimo, acerca de si Mayo fue realmente una revolución o si se quedó tan solo en un simulacro de revolución, donde, finalmente, no ocurrió prácticamente nada, nada verdaderamente relevante. Tan solo unos eslóganes, unas pintadas, unos carteles y unos pasquines.

Pero la realidad es que Mayo fue una autentica efervescencia revolucionaria que revolucionó la propia revolución clausurando la forma leninista de entenderla, y dando alas a la utopía, y a las formas libertarias del imaginario radical.

Aquel gran acontecimiento de Octubre del 17 había instituido un concepto de revolución que impregnó el imaginario emancipador durante medio siglo. Ese concepto presuponía un proyecto revolucionario, y una vanguardia bien organizada, capaz de impulsar las masas hacia la victoria final, conquistando el Estado y los medios de producción.

Es ese concepto el que inspira la repetida pregunta acerca del fracaso final de Mayo. Una pregunta que, sin embargo, se torna totalmente irrelevante tan pronto como se extirpa del concepto de revolución la idea de un proyecto y de una vanguardia.

En efecto, se puede hablar del éxito, o del fracaso, de un proyecto diseñado para alcanzar tal o cual resultado, lo consigue o no lo consigue,  tiene éxito o fracasa, pero … nunca hubo ningún proyecto de Mayo, este simplemente aconteció.

No cayo del cielo, por supuesto. Tuvo múltiples causas, cadenas de pequeñas causas entrelazadas donde no se debe menospreciar en absoluto, nunca hay que hacerlo, el papel del azar y de las casualidades totalmente fortuitas, pero fue, literalmente, un acontecimiento. Es decir, algo que no está precontenido en sus condiciones antecedentes, sino que se crea de forma original à partir de esas condiciones, obviamente, pero sin estar determinado por ellas, o sea, innovando, y abriendo una discontinuidad en el tiempo socio-histórico.

Si Mayo sigue rondando la memoria colectiva es porque demuestra que una irrupción desestabilizadora e innovadora, siempre puede acontecer, aunque no surja como el desenlace de un proyecto. De hecho, si los grandes acontecimientos subversivos siempre nos sorprenden, es porque nunca acuden a la cita fijada por un proyecto.

Por decirlo de alguna forma, cuando son auténticos, los estallidos revolucionarios son como una página en blanco. Una página en blanco que hay que rellenar sobre la marcha, y si esa página ya está escrita, es entonces cuando no se produce absolutamente nada, nada que sea verdaderamente relevante. Como mucho unas simples substituciones en la cadena de mando.

Se han expresado fuertes críticas a la improvisación reinante, y a la espontaneidad de las actuaciones. Se ha argumentado que si el movimiento hubiese contado con una agenda clara, unas metas preestablecidas y  unas sólidas estructuras organizativas, se hubiese podido encauzar las energías en una dirección que habría permitido derrotar finalmente al enemigo.

Claro, pero lo que esa forma de plantear las cosas no alcanza a entender es que fue, precisamente, porque carecía de esos elementos por lo que el movimiento pudo ir avanzando hasta donde llegó — que no fue poco —, en lugar de estancarse en sus primeros pasos.

Mayo pudo progresar hasta topar, finalmente, con sus límites porque sabiendo mantenerse en constante movimiento fue construyendo su agenda sobre la marcha en el marco de lo que fue la mayor toma de palabra colectiva de la historia. Una agenda que no preexistía al inicio de la movilización, sino que se construía, y se rectificaba en el seno del quehacer cotidiano. Fue ese hacer haciendo el que dio vida al movimiento y le permitió sortear con inventiva, uno tras otro, los obstáculos que iban surgiendo en su camino, hasta abrir una profunda brecha en lo instituido donde crear espacios de resistencia, de lucha y de una vida distinta.

Bien es cierto que Mayo no desembocó en la toma del poder, pero resulta que la cuestión de la toma del poder político nunca estuvo en su agenda porque se trataba de luchar contra el poder, no de conquistarlo, y en eso residió sin duda uno de los elementos clave de su singularidad.

Finalmente, si tuviese que resumir en tan solo dos palabras cual fue la principal aportación de Mayo, diría que fue, simplemente, la de “haber acontecido”. Porque demostró de esa forma que acontecimientos de ese tipo no eran imposibles aunque todo indicase lo contrario.

Jean-Paul Sartre escribió en 1968, lo cito: “Lo importante, es que la acción tuvo lugar, aun cuando todo el mundo la consideraba impensable. Si ha tenido lugar esta vez, puede reproducirse…”

Por supuesto, reproducir no es repetir, y sería absurdo soñar con una repetición de Mayo del 68. Este no puede acontecer nuevamente porque su repetición negaría su singularidad. No se puede repetir algo que se define precisamente, como lo hizo Mayo, por haber escrito su propio guion, sin tomarlo prestado de ninguna fuente externa.

Definitivamente irrepetible, lo realmente importante es que Mayo del 68 se reinventa, sin embargo, en cada gesto de colectiva rebeldía. Aunque,  cuidado, en consonancia con lo que fue su singularidad, es decir, en consonancia con su incontestable, con su marcado talante libertario, hay que precisar inmediatamente: “en cada gesto de colectiva rebeldía”… si, pero,… siempre que ese gesto reivindique su plena autonomía, rechazando cualquier supeditación a instancias dirigentes, o cualquier subordinación a planteamientos surgidos desde fuera de su propia andadura.

Está claro que hoy nos hacen falta uno, dos, tres…. decenas de Mayos, pero cada uno será sui-generis,.cada uno será singular, cada uno será único.

Y, ya para concluir del todo, solo me queda desear que alguno de ellos, alguno de esos mayos, no tarde demasiado tiempo en estallar, sea donde sea, aunque, claro, muchísimo mejor si es por aquí cerquita, porque uno ya no está para demasiados trotes.

Muchas gracias por la paciencia y pido disculpas por este exceso de subjetividad.

 

TOMÁS IBÁÑEZ

Mayo 2018

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